Espejos

1615 RUBENS, Peter Paul Venus at a Mirror

H: ¿De dónde nace esa mirada segura de las modelos en las pinturas? Parecen mujeres extremadamente fuertes y orgullosas de sí mismas y su desnudez, igualmente si están gordas, viejas o no son todo lo hermosas que insinúan.

F: Nace quizás de la belleza descontextualizada. Son la belleza de su tiempo y no son jamás escogidas por azar, por lo que en su tiempo representan todo cuanto se puede aspirar y todo lo deseable.

H: Pero esos ojos… Yo no creo haber sentido esa seguridad en mi misma nunca. La situación de posicionarse delante de un espejo con tanta naturalidad y que genere esa sensación de relax y de tranquilidad, no sólo física si no también espiritual, creo que no la he sentido en muchas ocasiones en mi vida.

F: Yo tampoco, pero porque creo que es importante pensar que esas modelos empeñan la mayor parte de sus vidas delante de un espejo. Maquillándose, peinándose, cultivando el físico según el canon de su tiempo. Quizás no haya nada más allá de lo que se ve, no haya inquietudes vitales, no haya más que un cuerpo bonito en una cabeza vacía, pero cuando trabajamos una cosa de forma intensa y prolongada nos sentimos seguros de nuestro trabajo porque le hemos dedicado mucho tiempo de nuestra vida.

H: Y la aplicación que todo eso tiene en el mundo actual es totalmente vigente. Los medios de comunicación nos venden a diario modelos a seguir, aspectos físicos a perfilar y cosas que eliminar de nuestro físico, que al final nos acaba convirtiendo en más “como la media”. Es impresionante el emporio de empresas de cirugía estética que hay en Corea y que a diario transforman más y más mujeres en barbies fabricadas en serie, todas con la misma cara, todas del mismo “genio creador”.

F: ¿Tu no crees que pasamos demasiado tiempo delante del espejo buscando defectos que en muchos casos son fruto de nuestras manías y locuras, y muy poco delante del espejo buscándonos a nosotros mismos, ahondando en nuestra propia mente y tratando de identificarnos con cada detalle que nos compone, con cara rasgo, arruga o lunar?

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Tenemos todo el tiempo del mundo para hacer el largo viaje hacia el interior y quizás tan sólo hace falta un instante de nuestra vida delante del espejo para ser conscientes de ello.

La cama revuelta, las botas aun puestas y el pelo recogido aun en un moño despeinado. Todo lo demás es desnudez. Y no sólo física. La dama de Toulouse-Lautrec erguida delante del espejo de pie, inmóvil, con la piel blanquísima y un paño colgando de su mano se observa a sí misma con un aire distraído, ausente, ajeno. Lautrec se deleita con las formas femeninas, con el color de la piel, con lo que ve directamente y lo que ve indirectamente reflejado en el espejo. Un truco de composición que deja a su modelo en el total anonimato y nos conduce a deleitarnos meramente con su sensualidad de après l’amour, la desnudez inmediata de una prostituta a la que lo único que tapa parte de su intimidad son unas botas que probablemente no ha tenido tiempo de quitarse.

1897 TOULOUSE-LAUTREC, Henri de Nude in front of a Mirror

No vemos su rostro, tan sólo aparece ligeramente insinuado en el reflejo del espejo, pero el arco de sus hombros refleja la actitud de una mujer cansada, agotada. Aunque exuberante y desafiante su postura en el reflejo, parece devastada y reflexiva, quizás por el prolongado tiempo delante del espejo posando, quizás por la vida.

La dualidad de todo cuanto nos rodea, la falsa imagen de felicidad dada por las prostitutas y la miseria personal y vital que realmente las rodea. Ese instante precioso en el que el mundo parece detenerse y ya no hay mera desnudez física delante del espejo, si no una declaración de todo cuanto se es, se espera y se da por perdido. La desnudez del espíritu delante de sí mismo y un sincero balance de todo cuanto se es delante de un espejo.

Flesh and blood. That’s all.

1763 GREUZE, Jean-Baptiste The Broken Mirror

Greuze por su parte, refleja esta vez claramente, a la dama que mira sin ver, la mujer que realiza un largo viaje a través del sentimiento de pérdida y de culpa. Aunque cada detalle cuenta, es la destrucción del espejo lo que la hace caer en la cuenta de una concatenación de acontecimientos que la hacen sentir terriblemente desolada y se aprieta en las manos en gesto de desesperación.

Quizás está reflexionando sobre su porvenir, quizás está simplemente inquieta y entristecida. Quizás es el momento precioso de tomar una serie de decisiones o de permanecer quieta y ver cómo transcurren los acontecimientos.

Nos miramos constantemente en el espejo buscando desperfectos o imperfecciones, maquillando, buscando el resplandor de la superficie y no lo apreciamos como el medio para realizar un viaje a través de nuestra propia existencia.

Encontramos un ejercicio realmente sano el emplear el espejo como una forma de retiro espiritual a través del cual ahondar en los confines de nuestra propia existencia. Intentar averiguar qué somos, quiénes somos y que nos provoca o nos inquieta de todo cuanto nos rodea.

Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, cuando nos miramos a nosotros mismos lo hacemos con los ojos del que se sabe culpable de un crimen, evadiendo encontrar nuestra propia pupila excrutadora, evadiendo la carga que supone mirar realmente lo que importa y dejar las minucias del maquillaje para otro momento.

 

 

La incorfomidad y el dualismo a través del espejo parece estar presente en un mayor número de pinturas de las que aparentemente se pretendía captar en su origen.

En la obra de Degas, Madame Jeantaud, vemos a una señora que parece reflejar dos caras de una misma persona. La luminosidad de la que posa, su juventud, su perfección y saber estar, distan mucho del reflejo en el espejo donde todo es oscuridad.

1910 DEGAS Edgar Madame Jeantaud in the Mirror

Desconocemos si las intenciones del artista iban más allá de reflejar una composición innovadora y una técnica que empieza a separarse del Impresionismo francés del momento, o si por el contrario se pretendía hacer un análisis más profundo sobre el papel de la mujer en la sociedad. Lo que sí es cierto es que ambas parecen reflejar dos personas de naturalezas totalmente distintas.

El espejo, reflejo de la realidad más íntima y subyacente, parece explicarnos la frivolidad con la que las mujeres posaban delante de la sociedad, siempre perfectas, siempre ideales, siempre decorativas como un mero jarrón.

A esto cabe preguntarnos, ¿ha cambiado mucho la situación desde entonces? En términos sociales y legales por suerte sí, pero sin embargo parece que aun no hemos cerrado aún el círculo de lo que a “decoración floral” se refiere. Parece seguir existiendo una ley no escrita sobre el hecho de tener siempre buena cara, de vestir elegantemente por encima de la comodidad y de emplear horas y horas en perder el tiempo (llamémoslo por su nombre), simplemente para eliminar los restos de la actividad diaria que nos atañe y del paso del tiempo.

¿No sería más lógico empezar la mañana preguntándonos el porqué actuar como la mayoría y cómo de felices nos hace sentir el camuflar lo que realmente somos?

 

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