Sobre la aprobación social

death-and-the-masks-1897.jpg!Blog

En un mundo competitivo y meritocrático, donde en el plano profesional hemos de estar constantemente vendiendo cuan válido es nuestro trabajo, nuestras cualidades, nuestras empresas y aquello a lo que nos dedicamos, genera una serie de relaciones humanas basadas en escaparates y bellas promesas de personas espectaculares.

Tratar de sorprender a los demás e incluso de tratar de seducirlos con nuestro mundo laboral, se ha convertido en una forma de posicionamiento social, en una especie de jerarquía social que se ve cada vez más difuminada como consecuencia de la globalización y (felizmente) al acceso a la educación superior de la inmensa mayoría de la sociedad primermundista.

Sin embargo, poco a poco y como consecuencia de este “overbooking” y de una serie de catastróficas desdichas denominadas genéricamente “crisis”, socialmente nos dividimos en trabajadores y parados, y a su vez, trabajadores que han alcanzado un trabajo idílico y soñado (la ínfima minoría) y todos aquellos que han aceptado el trabajo que se les ha presentado independientemente de la meritocracia o sus sueños personales (la gran aplastante mayoría, lamentablemente).

En cualquier caso, esta venta de imagen de la que hablábamos a nivel empresarial se ha inmiscuido lentamente en nuestra forma de actuar y de pensar, generando una especie de venta de todo cuanto somos y pensamos para permanecer en una situación de “interés” social y de atractivo intelectual ante un mundo recrudecido precisamente por ese planteamiento de “tanto tienes, tanto vales”.

Constantemente buscamos la aprobación de todo cuanto hacemos desde la más tierna infancia. Primero de nuestros padres, después de nuestros amigos, de la persona que nos enamora, de nuestros profesores, de nuestro jefe, de nuestros colegas de trabajo y llegado cierto punto, de perfectos desconocidos ciudadanos del mundo, iguales que tu. Demostrar lo que eres capaz de hacer, demostrar hasta donde eres capaz de llegar, los méritos que has hecho para posicionarte laboralmente y sobre todo y ante todo, demostrar que no eres lo que los yankees denominan loser.

Dar una imagen de estabilidad y de falsa perfección donde todo cuanto te rodea es lo que socialmente se espera de ti o lo que culturalmente has aprendido como correcto y lógico. Seguir el ciclo de la vida en función de una serie de parámetros fijados por generaciones pasadas o por planteamientos oníricos de lo que una vida plena ha de ser.

Yo me pregunto constantemente… ¿Es esto lo que se ha de entender por éxito?

Haber estudiado en varios países, tener unos buenos estudios universitarios con futuro, hablar seis idiomas con fluidez, contar con miles de competencias laborales y experiencias, exámenes y títulos complementarios, trabajar con infinidad de programas informáticos, tener una web propia y en definitiva, tener miles de cosas interesantísimas que contar con 20 años recién cumplidos.

Aparentar ser perfecto. Pero esta perfección incluye tener una pareja estable con planes de futuro idílicos determinados por convenciones sociales, conseguir un trabajo maravilloso, tener mil hobbies y cosas estupendas que hacer, ser una persona atlética y sana, tener tiempo para leer ensayos de Schopenhauer y los tochos de Dostoievski porque “están de moda”, e incluso, tener tiempo para ir a “cultivarnos” a exposiciones y a conciertos de gente que nació peinada y que en su apoteósica modernidad se han transformado en horteras.

Además sumemos todas las convenciones absurdas sobre qué películas has de ver porque todo el mundo las ha visto, qué series o qué bares están de moda, o hacer una tesis doctoral sobre cada partido de fútbol para no ser un paria social al día siguiente porque no sabes ni que el Steaua es un equipo de fútbol.

Lo peor no es que empleemos tiempo en cosas que carecen de interés personal y se acaban convirtiendo en prioridad por presión social. No, lo peor es que no sabemos liberarnos de esta absurda carga social de dar explicaciones y de demostrar cuanto sabemos, cuan instruidos o frikis somos, cuantas afinidades tenemos con el resto del mundo y además todo en nuestra vida se convierte en un escaparate de lo poco o mucho que nuestra vida privada tenga de interesante.

Hay que demostrar que no se es un perdedor, en cada momento, con cada palabra, con cada gesto, con cada persona que conoces. Todo ello sin cuestionar el por qué. Sin cuestionar qué quiere decir en este mundo bizarro que “eres un fracasado”. Sin entender que el perdedor es el que se siente como tal y el que nunca lo ha intentado, independientemente de todo cuanto tenga o conozca, porque lo que no encuentra en la vida no es otra cosa que su propia felicidad.

Yo me pregunto otra vez ¿Es esto verdaderamente lo que entendemos por éxito?

El éxito en tal caso quizá está en conseguir desprenderse de estas imbéciles convenciones, en evitar la búsqueda de la aprobación colectiva, en liberarse de esta inútil carga que nos lleva a tratar de seducir a los demás con pensar porque no hay nada que demostrar cuando se es feliz con la vida que se tiene, en conseguir ser honesto con uno mismo y saber decir “no lo sé, pero ni falta que me importa”.

Se puede soñar una vida mejor, envidiar una vida mejor o luchar por conseguir una vida mejor. Pero de nada sirve y a nadie le importa la pretensión de aparentar una vida mejor que la de los demás. Lo que importa efectivamente es lo que está en el interior del escaparate.

Nadie_se_conoce

El mundo es una máscara, el rostro, el traje y la voz todo es fingido; todos quieren aparentar lo que no son, todos se engañan y nadie se conoce.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s