La aventura de buscar trabajo en Bélgica (II)

En mi aventura por la jungla laboral en el mundo de la cultura, creo que lo más bizarro que me he encontrado no han sido las obras, la personalidad de los artistas o situaciones que escapan a tu control. Es siempre el personal de museo o del mundo del arte.

He de decir que en mi primer trabajo como becaria, trabajé en un museo de arte barroco en el sentido más oscuro y siniestro del término (tanto por la colección 100% barroco español de santería, como por el tipo de público). Aquí los becarios éramos “guías de museo”, entre comillas porque como en toda institución cultural tienes que ser más versátil que una navaja suiza, y hacíamos visitas al ritmo de palmas, puesto que la política del museo es acoger a los visitantes en el mismo momento que llegan. Sin esperas. Sin horarios. Todo directo.

El público además se iba uniendo a la visita medida que ibas pasando por las salas, con lo cual una visita quedaba encadenada a la siguiente porque había gente que no había visto lo que ya habías explicado, creándose así un bucle infinito de repetir lo mismo 100 veces, especialmente en temporada alta que hacía que después de 8 horas de trabajo llegase a mi casa casi sin voz y con la sensación de haber perdido 7 kilos en un día.

Pero tengo que reconocer que llegado cierto punto, las visitas y la investigación con las reliquias y relicarios del museo (pelos, dientes, trozos de tela mohosa y todo tipo de restos que en alguna ocasión pertenecieron a una santísima persona o entraron en contacto con su primo hermano), se convirtieron en casi una bendición por quitarme del camino de algunos personajes que rondaban por el museo.

Ejemplo para ilustrar el texto: Reliquias de Santa Caterina di Siena (en Siena, ella y yo no tuvimos nada que ver a nivel laboral…) – Bien conservada 8 siglos después de su muerte.

Porque efectivamente, las instituciones privadas pueden permitirse el lujo de gestionar los centros como si fuesen cortijos (que hasta cierto punto algunas incluso lo son), pero estar rodeada de personas que minusvaloran tu trabajo porque “estáis muy a gusto en esta casa” y porque “tampoco tiene tanto trabajo llevar para adelante el museo”, la verdad es que termina por achicharrarte. Sin contar con el hecho de que todo el mundo parecía estar más concentrado en lo corta o larga que era la falda o el vestuario que traíamos de casa, más que por las posibles blasfemias y aberraciones que pudiéramos contar a los visitantes durante las visitas.

Pero bueno, esa es otra historia.

En mi primera experiencia aquí en Bruselas, trabajé en un museo de índole público y de arte underground y art brut (esto es, artistas que se han formado de forma autodidacta y de personas con diversos trastornos mentales), que mi amiga Claire, a la que conocí en esta experiencia, de forma espontánea empezó a llamar “El Museo Coconut”.  Y no le falta razón.

El anuncio buscaba comisarios, asistentes de galería, escenógrafos y un sinfín de términos hipertécnicos para llevar a cabo una exposición en dicho centro. Como palurda que eres y recién llegada, crees que si piden “expertos” para llevar a cabo un proyecto que suena más que bien, será por el hecho de que en este país tus esfuerzos como estudiante se valoran y te van a tratar como a una profesional.

Bueno, para empezar la reunión para la que me preparé como si fuese una entrevista de trabajo, directamente se convirtió en una reunión de equipo donde nos explicaron brevemente los objetivos: desmontar la exposición actual, embalarla, ayudar a los transportistas a montar las obras en un camión y montar una nueva exposición con parte de la colección permanente del museo. Hasta aquí todo bien. Primer problema, el dinero: “no tenemos mucho presupuesto, porque es un museo pequeño, pero necesitamos vuestra ayuda y vuestro total compromiso”.

Y esperan hasta ese preciso momento para decirte que no piensan pagar a nadie. Pero me dije: “Total, son sólo dos semanas”, sin saber que esto es un simple ejemplo del paradigmático mundo del arte en este país.

Como es natural, los primeros días todos los voluntarios a las 9 de la mañana estábamos plantados en la puerta del museo, dispuestos a llevar a cabo nuestro importante cometido, pero como también es natural, dos semanas sin cobrar un duro y sin nada o casi nada creativo para hacer, después del tercer día el personal empezó a faltar. Y más aún cuando la directiva y el equipo del museo (con contrato, ellas sí) no se separa absolutamente nada de la silla ni se estremece ante el desmontaje o el montaje de lo que se nos venía encima.

Conclusión, todo estaba pensado para que el trabajo “de campo” de montar la nueva exposición, recayese en los voluntarios que en dos semanas tendrían tiempo más que de sobra (sobre todo si contamos con que en un primer momento éramos 6 ó 7), pero parece que nadie contó con que pintar paredes y pasarte el día encima de una escalera, no es precisamente el trabajo soñado cuando hablamos de museología. Con lo cual, salvo Claire y yo que estábamos todos los días al pie del cañón, el resto fallaron más que una escopeta de la feria, y allí me encontré pintando paredes de amarillo durante más de una semana.

Curiosamente, descubrí también que en Bélgica la gente se besa mucho. Los compañeros de trabajo te saludan con un beso por la mañana y te vuelven a besar por la tarde cuando te vas. Siempre he pensado que besar a los demás es una costumbre muy saludable porque elimina los posibles conflictos o diferencias sobre todo entre familiares y amigos, y ayuda a sentirse mejor, pero en este caso, los besos precisamente evitaban que pudiera expresarme con la franqueza que necesitaba y sobre todo decirles que la fecha de la inauguración se nos echaba encima y nadie salía a echarnos una mano con el maldito montaje.

Una de las obras era además una instalación de varios paneles translúcidos, que nos llevó montarla dos días porque no había materiales, nos faltaba una escalera, el efecto no era el idóneo… El caos.

Esta era la obra en cuestión
Esta era la obra en cuestión

Pero como en el cuento de Tom Swayer, en los últimos dos días consiguieron “contratar” más voluntarios para nuestra misión y finalmente la exposición se inauguró a su hora. 24 horas antes todavía nuestra selección de las obras, su disposición no estaba clara y por supuesto no había casi nada colgado, pero si, lo hicimos. No sé ni cómo, pero lo hicimos.

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Evidentemente todo esto es anecdótico y ahora me hace gracia recordarlo, pero lo verdaderamente serio es que la inmensa mayoría de los trabajos se dejan en manos de voluntarios y por muy pequeña o muy grande que sea la responsabilidad, nadie parece cuestionarse lo que supone dedicar tantas energías y el tiempo de tu vida (especialmente cuando eres joven y tratas de ganarte la vida) a cambio de una cosa llamada “experiencia”.

Intentar dar siempre lo mejor de uno mismo y que te subestimen porque eres voluntario o becario, y que las instituciones estén tan seguras de que te están pagando con una experiencia excepcional por la que debes estar agradecido, ese es el verdadero desprecio por la profesión y no el trabajar gratis comprometiéndote al 100%.

Pero bueno, supongo que incluso a día de hoy sigo teniendo mucho que aprender.

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