The Hunt (2012) – La profundidad del rencor humano

En muchas ocasiones, la idea más sencilla puede generar una historia de enormes dimensiones y de carga simbólica y crítica fortísima a muy diferentes niveles. Creo que es el caso de esta película danesa de 2012.

Thomas Vinterberg desde sus inicios cinematográficos junto con Lars von Trier en Dogma 95, demostraba un interés por la ruptura con los convencionalismos técnicos del mundo del cine, pero también una gran devoción por transportar al espectador a situaciones un tanto incómodas, no sólo estética o visualmente, si no también psicológica o sociológicamente.

Hurgar en lo más profundo del ser humano, en emociones y comportamientos difíciles de creer, lejos de las leyes humanas y muy cerca de lo visceral, diríamos que es un elemento que se repite en el cine danés. Dreyer nos hacía sufrir y padecer con su Juana de Arco allá por los años 20, asfixiada por una sociedad fanática y sedienta de sangre, de igual manera que Lars von Trier nos ponía en la piel de Nicole Kidmann en ese vórtice de violencia in crescendo que se acababa convirtiendo Dogville. En ambos casos -al igual que ocurre con The Hunt-, no sólo el protagonista es llevado a límites de sufrimiento y de injusticia insospechados, si no que además se arrastra al límite de lo humano la sociedad que lo rodea, convirtiéndolos en juez, jurado y verdugo.

En el caso de la película que nos ocupa, el marco para la crítica social es aun más limitado y quizás por ello más sobrecogedor.

En medio de una sociedad tan estereotipadamente cívica y bien organizada como la danesa (clichés venid a mi), se nos plantea la historia de un maestro de guardería que injustamente es acusado de pederastia por un alumno. La sencillez con la que los acontecimientos se dan lugar para crear esta historia y la tempestad que ello desencadena, sumen al protagonista en un infierno de críticas, soledad, dolor e incluso llegado cierto punto, violencia psicológica y física.

Sembrando la idea de la duda y el desconcierto bajo la idea de “los niños nunca mienten”, nos vemos inmersos en una historia de absurda injusticia provocada por un malentendido y en la que desearíamos no vernos jamás inmiscuidos de ninguna de las maneras. La amistad, el tiempo o la solidaridad se vuelven completamente relativos para los protagonistas, cuando creen estar en posesión de la verdad, por siniestra e imposible que ella les resulte, y en medio de esta ira creciente, incluso la presunción de inocencia se queda sepultada bajo las terribles imágenes que la imaginación puede crear. Todo el civismo y la hospitalidad queda reducido a cenizas, mientras nuestro protagonista se queda solo en la trinchera, sufriendo el acoso y la violencia verbal y física de sus vecinos.

Es en la aparente simplicidad del tema y en su realismo donde radica la brillantez de esta película, haciéndonos empatizar e incluso sufrir los abusos cometidos contra el protagonista, llegando a tal extremo de tensión, que tememos por su vida. Una sociedad que se niega a escuchar y a aceptar una versión diferente de lo que han dado por hecho en un primer momento, que recrudece su comportamiento y abandona cualquier tipo de justicia “legítima” o civismo posible por la dureza del asunto a tratar.

Quizás en medio de toda esta historia de empatía para con unos y con otros, sería interesante preguntarnos dónde queda todo lo que tenemos de humanos cuando nos enfrentamos a una situación de estas características, y si seríamos capaces de “perdonar” o “perdonarnos a nosotros mismos” dejando a un lado lo visceral y tratar de aplicar la ley sin hacer juicios paralelos. Y lo más importante, si de verdad existe el perdón o como nos plantea la película, es el odio una pequeña bestia a la que alimentamos constantemente a pesar de todo.

La interpretación de Mads Mikkelsen es sin duda impresionante. La fuerte presencia física del actor, junto con sus rasgos faciales muy definidos y quizás un tanto salvajes, se transforman en materia frágil y delicada al meterse en el papel de este pobre maestro absorbido por la soledad y el ostracismo forzoso al que se ve sometido. Tan solo su hijo y uno de sus amigos permanecen junto a él en la vanguardia, y sus gestos de afecto para con ellos, nos hacen sentirnos también a nosotros en tanto que espectadores, liberados del peso que supone cargar con tales acusaciones. La desesperación, el vacío, el no querer someterse a la situación que todo el mundo le exige y la dificultad de mantenerse inquebrantable, están magistralmente captados e interpretados por el actor que se sumerge por toda una serie de emociones dignas de destruir a cualquiera.

Espléndida también es la fotografía y la puesta en escena de esta película. Los primeros planos nos sumergen más aun si cabe en la psicología y en el ambiente angustioso al que se ve sometido el protagonista. El color, la atmósfera y la captación de planos que son auténticas y preciosas fotografías, nos desnudan más aun la psicología de los personajes y su rol como pequeñas piezas dentro de la sociedad.

Una extraordinaria película para hacernos reflexionar sobre el lado oscuro del ser humano y el poder tan enorme que puede acarrear el odio descontrolado y sostenido por la aprobación social.

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