Una historia de amor ~ “La vie devant soi” de Romain Gary

Muchas veces he leído cosas sobre los mejores comienzos de libros o frases que de alguna forma son un manifiesto o una losa, que revuelven desde el primer segundo todo nuestro universo (para muestra esto: http://www.jotdown.es/2013/01/vine-a-comala-y-otras-veinte-promesas-los-mejores-inicios-de-novelas/). Sin embargo, hoy creo que es el final de un libro sobre lo que me gustaría escribir, por su enorme peso y las dimensiones tan amplias que comprenden tres simples palabras: “Il faut aimer”.

No negaré que tengo la suerte y el privilegio de amar y ser amada en condiciones privilegiadas, y esa suerte excepcional es de las cosas que más me conmueven, que más valoro y para lo que tengo reservado un instante de reflexión cada día. Pero de la misma manera, tampoco negaré que una de las cosas que más miedo me dan son la fragilidad de las circunstancias y ser consciente de que la realidad de la vida en muchas ocasiones pasa por la enfermedad, el dolor, la pérdida y muchas otras cosas que escuecen tan sólo con pensarlas. Pero que sin embargo, no dejan de existir.

Acabo de terminar la novela “La vie devant soi” (La vida por delante en español) del escritor francés Romain Gary, que es probablemente uno de los mejores manifiestos sobre el amor que he leído nunca. Esta historia es una muestra de ese amor verdadero que no se corresponde con los cuentos de hadas, que no viene jamás edulcorado y que duele hasta los mismos tuétanos del alma porque está más cerca del sacrificio que del amor platónico, pero que no deja por ello de ser hermosamente conmovedor.

Esta historia de amor, de sensibilidad y de dulzura, es una muestra de que la belleza no está meramente en la superficie de la vida, que amar no es algo sencillo cuando las circunstancias están en contra, pero que sin amor el ser humano no puede sobrevivir.

El joven Momo es un niño abandonado por sus padres en casa de una vieja judía que tiene una casa de acogida clandestina. La señora farfulla, maldice y llora cada vez que tiene que arrastrar sus 95 kilos de peso escaleras arriba hasta llegar al sexto piso donde vive con toda una chiquillería. Superviviente del holocausto y de un campo de concentración, después de muchos años de ganarse la vida como prostituta y padecer infinidad de injusticias, la pobre señora Rosa cuida de los chicos con los fondos que le llegan, haciendo malabares en muchas ocasiones para subsistir, y buscando la paz en la religión cuando las cosas se ponen muy mal o la calma espiritual en un retrato de Hitler que conserva para recordar la dureza de los años vividos.

Por su parte, nuestro adorable protagonista es un niño que jamás ha tenido infancia, que piensa y actúa en ocasiones como un niño y en otras como una persona que ha vivido la dureza más cruel de la vida, pero aun así se maravilla con la magia del día a día y la ternura del afecto humano. Tan dulce y a la vez tan estoico, con preguntas e inquietudes que desarman a cualquiera, Momo es la voz de la conciencia que existe dentro de cada uno de nosotros y que nos recuerda la relatividad de nuestros quebrantos y la belleza que nos rodea a cada instante, aunque muchas veces no seamos capaces de verla.

Me viene a la cabeza una frase del filósofo Kierkegaard, que dice “La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada“, por eso mis conclusiones a partir de esta novela de ternura y de amor incondicional, son en torno a esa gran belleza cotidiana que nos rodea y que muchas veces no somos capaces de ver, del poder que el cariño puede arrastrar y las cosas tan extraordinarias que podemos hacer por amor. Pero también, sobre ese bofetón que en ocasiones necesitamos para ponernos los pies en la tierra y focalizar nuestras energías e intereses en lo que de verdad importa, de los verdaderos tesoros que nos rodean y que deberían ser lo que nos alienta a continuar batallando y sonriendo cada mañana.

No obstante, que su autor, capaz de escribir esta preciosa historia de amor y de superación, de lucha y de entrega, se suicidase unos años después, deja sin duda un amargo sabor de boca y una extraña sensación de desconcierto. Pero supongo que quien mucho ama, también vive de una forma muy intensa y el sentimiento de pérdida es en ocasiones irremediable.

Romain Gary (aka Émile Ajar)

No quiero que este post se convierta en una especie de texto de autoayuda barato, pero si en una simple reflexión sobre la necesidad de como dice Momo, amar, porque ello es la mayor virtud con la que contamos y el mejor de los impulsos para hacer pequeñas y no tan pequeñas cosas, y del mundo y de nuestra vida un lugar mejor.

Il faut aimer.

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