Firmar la paz con nosotros mismos y otras formas de tolerancia

¿Qué hacer cuando en una fracción de segundo ves todo tu mundo desmoronarse a tu alrededor? ¿Cuando la seguridad y la rutina a la que estás habituado de repente se convierte en cenizas y lentamente se vuelve en tu contra? ¿Cuando no hay a donde huir ni tampoco se puede escapar?

Entonces… El caos. Girar en círculos ansiosa y torpemente, en busca de una respuesta a esta situación imprevisible, injusta y respirar ansiosamente mientras el “por qué yo, por qué a mi” se repite una y otra y otra vez en nuestra cabeza. El miedo junto con el odio, son los peores guías a los que el ser humano se puede aferrar porque nos dirigen a ciegas, nos arrastran de las entrañas y no desde la razón, e incapacitados de ver la realidad, merman lo más hermoso de nuestras vidas que es la felicidad.

Pero es tan sencillo dejarse llevar por estos guías, tan caprichosos y tan intensos… Entre otras cosas porque se complementan muy bien con el egoísmo, que es una pieza clave de la naturaleza humana. Pero no me malinterpreten, no considero que este factor sea menospreciable o rastrero, todo lo contrario. Si no fuese por el egoísmo no podríamos vivir. Pensar constantemente en las consecuencias de vivir en el primer mundo, en las injusticias que cada segundo se cometen a la vuelta de la esquina, en cada repercusión de todos y cada uno de nuestros actos cotidianos… El egoísmo es la única cosa que mantiene a raya mi moralidad.

Pero en ocasiones como la de hoy, ser egoísta y ser consciente de ello, me supone una carga moral más grande de lo habitual. Y no creo ser la única que pasa por la misma situación.

Por eso, ese egoísmo, en muchas ocasiones se traduce en intenciones de moralizar a todo cuanto nos rodea y en algo que si no es hipocresía, está muy cerca de tocarla.

Limpiar de algún modo nuestra conciencia se convierte en nuestro principal objetivo, manifestándose de mil y una formas para las que tenemos todos una respuesta y parece que sólo la nuestra es la opción válida. Por eso las redes sociales se llenan de banderitas de Francia tras los atentados de este fin de semana y de etiquetas como #prayforParis, y también de detractores que juzgan esta reacción con argumentos de mucho peso, pero que menosprecian quizás los sentimientos y el estado emocional de los demás.

Cada uno tiene su forma de canalizar su tristeza y sus esperanzas respecto a ciertas situaciones de la vida, por ello quizás juzgar estas actitudes y tratar de demostrar nuestra superioridad moral por encima de los demás, es absurdo y cainista, pues por otra parte, estamos reivindicando al mismo tiempo la unidad entre ciudadanos para alcanzar de algún modo la paz. Pero no somos capaces de encontrar la paz ni tan siquiera en nosotros mismos.

Bien es cierto que vivimos en una campana de cristal donde nuestro propio narcisismo no nos deja en muchas ocasiones ver más allá de nuestra propia realidad, donde la pantalla nos ha embrutecido y entontecido hasta límites insospechados. Todo es una obra de teatro tragicocómica en este mundo que hemos creado de apariencias y falsos escaparates del éxito y la felicidad, donde la facilidad de ser siempre meros espectadores nos hace ajenos incluso a las emociones y la empatía propias del ser humano. Lamentablemente se nos ha ido de las manos. Nuestro propio ego no tiene fin y hemos encontrado los medios ideales para alimentarlo y convertirlo en una auténtica bestia.

¿Cómo educarnos a nosotros mismos en eso llamado inteligencia emocional que tantas veces parece desaparecida?

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Terraza de París, 15 noviembre 2015 – cc @joaquinsevila vía Twitter

Obviamente esta situación es una catástrofe, como muchos afirman, es terriblemente injusta la situación y más injustas aun las medidas de nuestros gobiernos como reacción a este hecho (y más aun cuando tengo la certeza de que los autores y el denominado Estado Islámico, lo que pretende provocar es precisamente esta reacción violenta, el caos y la anarquía). Nuestros muertos no valen ni más ni menos que los muertos de Siria, porque todos somos seres humanos con familias, con historias de vidas preciosas, y este tipo de cosas no son más que un fracaso de todos nosotros porque no somos capaces de vivir en armonía en este planeta que hemos heredado.

Combatir la violencia con más violencia es como combatir el fuego con gasolina, pero a diferencia de lo que pueda parecer, no pretendo moralizar a nadie porque no creo tampoco que mis argumentos estén por encima de los de cualquiera. Tan solo me gustaría que en este mundo en el que tenemos la suerte de vivir, donde podemos compartir incluso nuestras emociones y sentimientos en tiempo real sobrepasando los límites de la distancia física, donde somos libres para expresarlos como queramos y en los términos que queramos, donde tenemos la enorme fortuna de estar vivos y seguros a pesar de todo (porque esto es una excepción, no la regla que rige el mundo), me gustaría de verdad, que antes de juzgarnos los unos a los otros como niños, pensásemos en que todos estamos en el mismo barco y cada minuto es un tesoro.

Si supiésemos que mañana otra catástrofe como la de París, la del Líbano, la de Siria, la de Afganistán o la del pobre Congo que padece después de más de 40 años, se repetirá en nuestra propia piel, si fuésemos conscientes de que todo o casi todo está perdido, si consiguiésemos pensar en esa fracción de segundo que cambia completamente nuestras vidas, estoy convencida de que el día de hoy lo invertiríamos en mandar todo nuestro amor a todos cuantos conocemos, en pedir disculpas por cosas que hemos hecho o dicho y en disfrutar de todo cuanto nos queda para llevarnos un buen recuerdo. No creo que hubiese espacio para el rencor o las demostraciones de moral más o menos alta, pero si para hacer nuestro mejor esfuerzo por sacar lo mejor de nosotros mismos y defender todo cuanto amamos y hemos sido capaces de crear juntos a lo largo de la historia.

Ojalá encontremos la unidad social que nosotros mismos reivindicamos y que nuestro egoísmo no sea más fuerte que nosotros mismos o de lo que podamos controlar, o encontrar la paz será una tarea verdaderamente difícil.

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