La aventura de buscar trabajo en Bélgica (III)

Como subtítulo, este post debería llamarse “el día que toqué fondo con los locos”, pero nunca subestimaré las posibilidades de encontrar otra situación más bizarra que la de hoy, así que dejémoslo como está.

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Después de tanto tiempo aquí, he hecho algunos contactos y en ocasiones me llaman para hacer trabajos puntuales, los cuales son sobre todo echar una mano en un montaje o eventos y recepciones durante las inauguraciones de exposiciones. El caso de hoy era exactamente eso, conocía ya el museo y al equipo de otra ocasión en la que estuve como voluntaria guiada por otra institución ajena al propio museo, y gracias a ello hoy (en teoría) mi trabajo será remunerado (espero, antes de que acabe 2015).

No conseguimos ponernos de acuerdo la responsable (becaria) de esta institución y yo, por lo que estaba perdida hasta ayer sin saber si hoy iría o no a trabajar con ellos, pero después de varias llamadas perdidas y un mensaje de texto, me contestó que perfecto y que fuese extremadamente elegante porque algún miembro de la monarquía estaría presente.

Cuando se llega a este punto de inestabilidad laboral, en cierto modo (o en gran medida) nos da igual de donde venga el dinero y quien haya de por medio. Por eso mismo me he dicho “por mi como si quiere estar el mismísimo zar de Rusia y la madre Teresa de Calcuta en el museo”. Es quizás egoísta y muchas veces injusto, pero tener que sobrevivir no es fácil y a veces nos vemos obligados a hacer cosas con las que no comulgamos y hasta a tragarnos nuestros principios, ahí la prueba de que varios de mis amigos trabajen o hayan trabajado para el profesor Moriarti del siglo XXI alias Amancio Ortega, a pesar de que son personas conocedoras de la misión de este señor en Camboya y Filipinas.

Pero al grano. Estresada porque siempre voy tarde y desde que me mudé más aun porque no controlo las distancias, me despido de mi compañera que riéndose me dice “no te inmoles delante de tu princesa, por favor”, desde el metro, que con esta locura de seguridad y con la amenaza terrorista constante que ralentiza todo, les envío un mensaje diciendo que llegaré 5 minutos tarde. “No te preocupes que nosotros también estamos llegando”.

Besos y saludos, presentaciones entre becarios y yo, una pequeña explicación de objetivos que incluye una conferencia de prensa en hora y media junto con la recepción a la princesa. Como suele pasar, el responsable y/o director siempre el último en llegar, así que todavía no estaba presente. Pero cual es mi sorpresa cuando veo que uno de los chicos entra en un pequeño apartamento con el que cuenta este museo y al salir, enrojecido y con aire de estar agotado emocionalmente, nos dice “ya está”.

3 minutos después, el señor director hace su entrada triunfal en la sala en ropa interior y con dificultad para mantenerse en pie porque todavía está borracho como un piojo. Saltando y haciendo su mejor esfuerzo por ponerse unos pantalones, pone a Mozart a toda pastilla y empieza a darnos un orden del día absolutamente incomprensible, después de habernos besado en la mano a las damas y en la mejilla a los caballeros.

En medio de todo este patetismo uno no puede sentir otra cosa que tristeza e incredulidad a partes iguales. Tristeza por él, porque es como un niño mimado, sin una vida privada por su afán de protagonismo donde todo lo exterioriza y por ser incapaz de separar lo personal de lo laboral y trayendo el desorden a todos los rincones de su vida; pero más tristeza siento aun al ver las reacciones de los becarios, que se esquivan las miradas intentando disimular la gravedad del asunto a la que ya parecen habituados, y como auténticos santos recogen el desorden, trasladan sus pertenencias personales, lo sacan de la cama y le ponen un café y un cigarro en la mano para ver si se espabila porque es él quien tiene que dar la conferencia. 

Ante semejante estampa navideña, no sabía si reír, llorar o buscar la cámara oculta. Finalmente nos hemos puesto en marcha, entre muchas comillas. Orden incongruente tras orden incongruente que al final él mismo cancelaba al segundo, hemos ordenado un poco el espacio que está en pleno montaje, preparado bolsas de regalo para los periodistas, preparado café y té para 10 ó 12 personas… y he sido nombrada jefa de protocolo para la recepción real (entre un equipo de 5 personas… todo un honor), donde mi principal tarea era llevar un ramo de flores a la señora princesa (que obviamente los becarios habían comprado antes de llegar) y hacer una especie de genuflexión delante de la realeza que el director gentil y patéticamente ha representado para mi, mientras parecía más bien que estuviese surfeando en tierra firme del pedal que llevaba a cuestas.

“Todo el tiempo a mi lado, yo te diré quién es ella y tu harás el resto”, me dice en un francés incomprensible mezclado con un español propio de las cabras de los Pirineos, a lo que sigue un grito de “fotos, fotos, tenemos que hacer muchas fotos” y un soliloquio de la menda que se repite “me voy a inclinar ocho veces en vez de una, descuida”.

De reverencias nada, chuti – cc Forges

The show must go on. Once menos cinco, todo en orden para empezar y el señor director en ropa interior one more time. El equipo, al que se han unido dos personas más que trabajan como voluntarios en esta institución porque es su pasión y su hobbie ahora que están jubilados, le ruega pacientemente que se vista apropidamente para la ocasión y se tome otro café para parecer algo más fresco, a lo que responde que se va a duchar. Mientras tanto, nos repartimos por el museo a la espera del público, y mientras discuto con uno de los becarios sobre esta historia protocolaria mientras pensamos dónde dejar el ramo de flores, una señora rubia con una amplia sonrisa aparece de repente delante de nosotros sin previo aviso.

– ¿Es ella?, le pregunto.

– Nooo, yo creo que no, me responde.

Así que mientras dudamos en los 5 segundos que nos separan de ella, la señora nos brinda su mano con intención de estrechar las nuestras y me pregunta discretamente “¿Eso es para mi?” a lo que caóticamente respondo, “Creo que si, si es usted la princesa…”, mientras torpemente le entrego el souvenir.

Como jefa de protocolo me van a dar un trabajo en el averno, pero si hubieseis visto lo acontecido después, me merezco un premio Oscar como poco.

Después de una ducha de más de 20 minutos en los cuales hemos recibido a todos los periodistas de Bélgica (había un periodista tan sólo) y a las grandes personalidades del mundo de la cultura (había tres personas, más la representante de la monarquía), a los cuales hemos dado café como para todo un ejército mientras esperaban, el señor director hace su entrada triunfal besándole la mano a todos los presentes y sentándose al lado de la señora tan cerca que desde mi posición parecía que estuviese sentado en sus rodillas.

Torpes disculpas, gritos de alegría, marear a los visitantes de un lado para otro, sentándolos ahora, levantándolos dos minutos después, finalmente la señora, conmovida por esta invitación que había recibido, decide leer un pequeño texto que había preparado para la ocasión pero que ahora, por la expresión de su cara, empieza a dudar si había merecido la pena el esfuerzo al ver el espectáculo de teatro al que ha sido invitada. Finaliza, más gritos de bravo y palmadas al aire del señor director (solo como la una, claro está) y automáticamente un “vámonos a ver la exposición”.

No es un museo con un acceso sencillo, por lo que todos los invitados recogen sus pertenencias con intención de salir para no volver. La comitiva guiada por Al Pacino se pasea por infinidad de cuadros que aun están sin colgar porque la inauguración es en unos días, pero tristemente él no se da cuenta de que esta parte de la exposición no debería estar mostrándola, sobre todo teniendo otras ya terminadas, mientras sus descripciones son “aquí el señor blablablá vestido con una bonita corbata. Muy elegante por cierto”, mientras soba los cuadros hasta casi hacerlos caer de la pared.

Tal que así llegados a este punto – cc Forges (again)

Si me dijesen que era un boicot contra la presencia de la monarquía, cosa que descartaré por las dulces palabras que una hora antes este mismo señor había proferido para con la monarquía belga y para con la española (“tu rey y el mio se llaman igual ¿lo sabías? y son igual de gentiles, gente bellísima la monarquía”) o una performance del arte contemporáneo más político o radical, me lo creería, pero la realidad siempre supera todo lo que podamos imaginar.

Así que allí estábamos, aguantándonos la risa y las lágrimas a partes iguales, con cara de sorpresa y disimulo deseando todos terminar porque lo evidente saltaba a la vista, mientras Monsieur llamaba a gritos a sus becarios en medio de su discurso para que retirasen un trasto de aquí, un cuadro de allá.

Y cuando por fin todo el mundo se ha ido, la confesión de uno de estos voluntarios que llevan yendo a este sitio desde hace siglos, diciéndonos que hay que tener más que paciencia con este tipo porque tiene problemas psicológicos, emocionales, artísticos, familiares y probablemente sea hasta bipolar. Entre las historias que nos relata rápidamente, la pérdida de un amigo reciente, la soledad y aislamiento en los que se encuentra, lo naif y lo caprichoso del personaje y el no saber cuidar de sí mismo.

“Me alegro de que esteis con él y aunque no os lo diga casi nunca, os lo agradece enormemente. Yo sé que para vosotros es muy duro y ni siquiera podréis hablarle libremente”, y una vez más su enaltecimiento del genio que es y lo mucho que vale.

¿Pero qué pasa con lo que valen los que tienen que soportarlo? Los que sin comerlo ni beberlo tienen que correr a primera hora de la mañana a comprarle tabaco. Los que tienen que sacarlo a él de la cama y las castañas del fuego porque hay situaciones que genera que resultan insoportables…

Hacemos muchas bromas y nos encanta reírnos pensando que todo lo malo que sale de cada empresa es obra y gracia de un becario, por su inexperiencia y por la escarcha que todos tenemos cuando empezamos a trabajar, pero la verdad es que la situación del becario es tan frágil y tan precaria que en muchas ocasiones, por hacer nuestro mejor esfuerzo en periodos de prácticas cada vez más largos y lamentables, acabamos cayendo en ese vórtice del caos que muchos jefes provocan, donde se confunde lo profesional con lo personal, lo público con lo privado, las horas de entrada con las de salida, las churras con las merinas y hasta el agua bendita con la pepsicola. Estos niños de hoy no eran becarios. Estos niños son probablemente lo más cercano a una familia que tenga el señor director del museo, quien a su vez es como un hijo adoptivo por el que ninguno postuló para tener. Hay muchísimos sentimientos contradictorios en este tipo de relación, desde la ira a la comprensión, de la solidaridad al rencor pasando por la decepción y la satisfacción del trabajo que al final está bien hecho, pero es una situación muy compleja, de modo que cada cual se dirá “joder, pues yo habría hecho tal” o “yo no tengo por qué aguantar Pascual”, pero creo que es importante no juzgar mal, ni tampoco a la persona errónea.

Hemos creado un sistema que ahora se viene abajo porque ni tan siquiera haciendo tu mejor esfuerzo ni dando lo mejor de ti, es fácil encontrar una situación laboral estable, pero a parte de eso, también hemos generado una sociedad verdaderamente egoísta y caprichosa, que es la que explica todo este tipo de excesos y abusos personales. Por eso, cuando veo a gente tan joven sacrificarse tan fuertemente no puedo hacer otra cosa que quitarme el sombrero porque esto no es cobardía, esto es darlo todo y más por perseguir un sueño y no rendirse a pesar de lo insufrible que puede llegar a ser a veces la situación.

Últimamente tengo un símil que me ronda por la cabeza y vale para muchas situaciones de mi vida, no sólo por vivir en un país extranjero, si no porque de verdad creo que hay muchas situaciones así. Para hablar un idioma distinto a tu lengua materna y que se de una situación de comunicación con un nativo, no sólo tiene que hacer el esfuerzo el que se expresa y el que está aprendiendo, si no que tiene que haber un esfuerzo por la parte del que escucha y una voluntad por comprender lo que nos quieren contar. En caso contrario, la comunicación no funciona y el objetivo de todo esto se pierde en la nada, con la consecuente frustración de quien hace su mejor esfuerzo por expresarse y aprender. Yo creo que esto es algo que tenemos a diario en nuestra vida. Esperamos constantemente que nos regalen el oído y que sea otro el que haga el sacrificio por hacerse entender y respetar y por nuestra parte, solo nos queda esperar y criticar. Quizás un poco más de empatía y de caminar con los zapatos del otro sería de gran ayuda para todos.

Por todo eso, por favor, no disparemos al becario. Él es probablemente la pieza más fuerte de todo este rompecabezas que entre todos hemos creado. Y en ocasiones, la única con una verdadera lógica.

 

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