El odio como forma de vida

Durante las vacaciones de Navidad mi madre decidió llevarnos a mi hermana, una amiga y a mi a una bodega que no está lejos de casa. A pesar de ser oriunda de una tierra propicia para el vino y de una calidad bastante digna, tengo que reconocer que soy una auténtica ignorante del producto local y no tan local, pero en este caso, las carreteras de montaña no acompañan nada de nada a visitar estos parajes y su refinado producto.

A pesar de llegar todas con el cuerpo un tanto descompuesto por la subida y posterior bajada de curvas por la carretera del averno, tengo que reconocer que la parada en dicha bodega y la cata de sus vinos fue una auténtica salvación. Estaba tan entusiasmada de hecho, que nada más probarlo, mi amiga y yo coincidíamos en que era uno de los mejores vinos que habíamos probado nunca.

Quizás sugestionada por tan excepcional ocasión, quizás deseosa de poner pies en tierra firme, aquello me supo a gloria. Tanto es así que mi padre (quien en un principio nos había recomendado encarecidamente el sitio a pesar de que nunca había estado allí), había reservado para almorzar toda la familia junta unos días después a modo de regalo de Reyes.

Cual es mi sorpresa que al llegar a casa y compartir con él la experiencia y lo exquisito del vino, me dice que él no me recomendaba el vino, que según su criterio no sirve para nada y que ya lo había probado antes, si no el sitio “que según me han dicho, es impresionante”. La cara que se me quedó en ese momento es una que sólo mi padre es capaz de hacerme sacar, puesto que sólo él hace cosas de este tipo: “No tienes ni idea de vino, eso está malísimo, no vale un duro”, me dice automáticamente.

Y yo, pensando precisamente en lo que he dicho anteriormente sobre el viaje, el cansancio, las curvas y (efectivamente) no tener ni idea de nada de vino, pero haber probado al menos una cincuentena de vinos distintos de diversas nacionalidades, me quedo a cuadros porque quizás él tiene razón con respecto a lo que me está diciendo y mi criterio enólogo, pero me duele que menosprecie algo que él mismo me ha recomendado para después, reírse de mí y de mi amiga de paso, simplemente porque no compartimos gustos sobre algo en concreto.

Así se lo hice saber, transmitiéndole de paso los sentimientos que esta situación me comportaban, especialmente lo humillante que resulta que alguien menosprecie lo que te gusta y más aun cuando esa misma persona te ha invitado a probarlo, y lo triste que me resulta que me diga “no tienes ni idea”, precisamente porque a él no le gusta lo mismo que a mi.

Si señores, El Roto tiene viñetas que expresan al 100% todo lo que puedo llegar a sentir en no importa que contexto

Con el arte, que es quizás el caso más extremo pero más repetitivo entre mi padre y yo, tiene esa tendencia a ridiculizar todo cuanto de oídas conoce, pero se siente con la capacidad suficiente para juzgar de “risión y/o estafa” acompañado de un sonoro “iiila ya, ¿y a ti te gusta eso?”, por supuesto sin pararse a pensar en que quizás así está hiriéndome puesto que he decidido consagrar mi vida a ese dominio y sudor y lágrimas me está costando tal decisión.

Hace mucho que comprendí que mi padre y yo somos un némesis el uno del otro, aunque es mi padre, pero representa exactamente eso que llamamos troll y hay batallas que es mejor no combatir contra él porque ni tienen un objetivo fijo, ni tienen jamás fin. Sencillamente es mejor dejarlo estar.

A menudo me encuentro con gente como mi padre, dispuestos a criticar ya sea desde el desconocimiento, ya sea desde la envidia, ya sea simplemente por tocar las narices o por parecer más snob, pero que parecen estar deseosos de encontrar el más mínimo rescoldo para hacer una hoguera y posicionarse rápidamente en esta especie de juicio de valor del que hacemos cada momento de nuestra vida, y del que no se dan cuenta del daño que hacen a los implicados.

Todo se ha convertido en una guerrilla constante donde ya no tiene razón el que más grita (porque las redes sociales no dejan alzar la voz, campo de batalla de los gladiadores del siglo XXI), si no el que más profundamente hiere y más hondo en lo escatológico o en lo sangrante ahonda. Siempre he pensado que vivir en un pueblo es como vivir en un microcosmos donde se puede encontrar lo mejor y lo peor de cada sociedad, pero donde todo el mundo se adapta a una serie de normas no escritas que dictan cómo tienes que ser, vestir o actuar. Para que nadie te hiera, tienes que pasar desapercibido y tener tal o cual peinado, tatuaje o coche, determina que des de hablar y pasar del tribunal a la piltra del juzgado.

Eso nos lleva a una mayoría sin personalidad alguna, con una coraza de 30km de espesor en todo lo que tenga que ver con la sensibilidad para evitar ser lastimados y una lengua de serpiente lista siempre para defender la posición del que critica, no del criticado. Así se hace leña del árbol caído, así se polemiza sobre el dolor y la desgracia ajena, así nace el cainismo como lo llama Pérez-Reverte, que deshumaniza tanto al que lo practica como al que se le sepulta, porque a ojos de la sociedad es poco menos que un paria endeble incapaz de defenderse.

Todo se convierte en una guerra. Cualquier chorrada de nuestro día a día. Tanto si no has visto una película, como si la has visto demasiado tiempo después y ya estás out porque ya no tiene el mismo interés. Si te gusta un escritor que la sociedad repentinamente considera naif o si efectivamente ese músico ya es demasiado mainstream y ya no tiene nada de gracia.

Sin entrar en cuestiones de política, religión o fútbol, porque la humillación para con los otros no tiene nombre.

Me gustaría saber de verdad de dónde viene toda esa inquina de esta época que vivimos. No creo que el hombre sea bueno por naturaleza, pero tampoco creo que sea malo por simplemente por gratitud. Pero duele, joder si duele.

En el caso de mi padre, que no tiene mala intención pero corriendo se posiciona como “experto en todo”, me ha informado (que no reconocido) que el vino que criticaba hace unas semanas acaba de ganar (otro) premio a nivel regional. Parece que no tengo tan mal criterio después de todo…

 

 

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